Las trece rosas no eran inocentes. Lo eran sin duda de planear el asesinato de Isaac Gabaldón, pues ya estaban en la cárcel aquel 29 de julio. Pero no eran simples niñas inocentes. Eran culpables de cosas mucho más graves, y fue precisamente por eso por lo que las fusilaron. Eran culpables de luchar por un mundo mejor. Culpables de arriesgar su vida por un ideal justo. Culpables de no resignarse ante la barbarie fascista y pelear con uñas y dientes, hasta expirar el último aliento. Culpables de tener militancia política y participar activamente, a pesar de su corta edad, en la resistencia republicana. Culpables de ser comunistas.
Por eso, setenta años después de su asesinato en el paredón del cementerio de la Almudena, en aquel fatídico 5 de julio de 1939, resulta repugnante ver allí a los dirigentes del PSOE ensuciando la memoria de quienes en nada se parecieron a ellos. Porque Julia, Virtudes, Joaquina y las demás murieron por unas banderas y unos ideales que en absoluto encarnan Pajín y compañía. Por eso, su lucha jamás debe ser confundida con la cobardía y la hipocresía de un partido que hace mucho tiempo que dejó de ser socialista.
Y por eso, siete décadas después, debemos hacer cumplir el deseo de Julia Conesa, esa joven de 19 años que escribió en su carta de despedida la famosa frase “que mi nombre no se borre de la historia”. Que no se borre y que no se manche. Porque no fueron trece rosas, sino trece rosas rojas.

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