Lo que sentí en ese momento es difícil de explicar. Hace ya dos años, allá por abril de 2007. Cientos de jóvenes entonábamos La Internacional puño en alto en la manifestación republicana del 14 de abril. Me dio por mirar a mí derecha y las vi. Eran un grupo de cinco o seis ancianas, bastante mayores, que nos observaban desde la acera. Algunas de ellas portaban enseñas tricolores en la solapa de la chaqueta. Y nos miraban emocionadas, con lágrimas en los ojos.
El pasado día 1 se cumplieron 70 años desde la derrota del sueño republicano. “En el día de hoy -rezaba el último parte de guerra manuscrito por Franco aquel primero de abril de 1939-, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La Guerra ha terminado”. Siete décadas es mucho tiempo, y cada año que pasa son menos los supervivientes de aquel genocidio fascista y de aquella heroica lucha de todo un pueblo en defensa de la igualdad y la libertad. Es demasiado tiempo el que miles de ellos llevan olvidados en las cunetas de toda la península, demasiado tiempo para una memoria cautiva y desarmada, primero por cuarenta años de represión franquista y desde entonces por el olvido y el silencio impuesto en la Transición.
Por eso hoy, como cada 14 de abril, no podemos conformarnos con conmemorar el aniversario de la proclamación de la II República, en aquella alegre primavera de 1931. Porque los que lucharon por defenderla, como seguramente lo hicieron aquellas mujeres de la manifestación, no sólo se merecen un justo lugar en los libros de historia, ni un nostálgico brindis al sol. Se merecen que sus nietos recojan la bandera tricolor que a ellos les arrebataron y luchen por los ideales que fueron vilmente asesinados. Es el único homenaje válido. Y se lo debemos.

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